Lo Que La Biblia Dice Acerca De La Homosexualidad

La Biblia, tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo, tiene mucho que decir sobre los hechos homosexuales conocidos en las Santas Escrituras como la sodomía.  Inequívocamente la Biblia registra que Dios ha declarado que tales actos son pecado.  Por ejemplo, Dios llama los actos homosexuales cometidos por los habitantes de Sodoma como pecados graves en extremo (Génesis 18:20).  Además en el Nuevo Testamento, Dios llama los mismos actos perversos como “impíos”, “nefandos”, “malvados”, e “inicuos” (2Pedro 2:6-8).

En el libro de Judas 1:7, Dios el Espíritu Santo aclara la razón del porque la destrucción de las ciudades de Sodoma y Gomorra:  “habían fornicado e ido en pos de vicios contra naturaleza”.  Por tanto, fueron puestas como ejemplo, sufriendo el castigo del fuego eterno.  En este texto, Dios contrasta los actos homosexuales con la relación conyugal entre un hombre y una mujer dentro del santo lazo del matrimonio, instituido por Dios, en el cual los dos llegan a ser “una sola carne” (Génesis 2:24).  Dios ha prohibido y maldecido toda fornicación, la unión de los seres humanos en “una sola carne” fuera de la unión santa del matrimonio (1Corintios 6:9-11).  En 1Corintios 6:15-20, Él condena los actos sexuales cometidos entre varones y prostitutas porque los dos llegan a ser “una sola carne” fuera del matrimonio.  Los actos homosexuales son extremadamente pecaminosos ya que son fornicación y vicios contra naturaleza.

A través de la Biblia, la impiedad homosexual de Sodoma es vista como una piedra de toque para medir la maldad.  Ya que las Escrituras usan la expresión “conocer” al referirse al incidente famoso cuando una turbamulta de homosexuales exigía tener relaciones sexuales con los dos varones visitantes (eran en realidad ángeles enviados por parte de Dios) que se hospedaban en Sodoma; unos han insinuado que solamente querían saludarles.  Esta es una interpretación ridícula y errónea de la Palabra de Dios.  El verbo hebreo “yada” el cual es traducido en español “conocer”, ha sido usado en otros pasajes bíblicos para denotar coito sexual como en Génesis 4:1 cuando dice que “conoció Adán a su mujer Eva, la cual concibió y dio a luz a Caín”.

¡En ninguna manera, los sodomitas que intentaban romper violentemente la puerta de Lot para entrar, no querían solamente estrechar la mano de los visitantes!  Aquellos hombres de Sodoma estaban encendidos en sus concupiscencias y pasiones desordenadas y hubieran abusado de ellos perversamente si el Señor no les hubiera afligido sobrenaturalmente con una ceguera debilitante (Génesis 19:4-11).  La gravedad del pecado de Sodoma está registrada en Ezequiel 16:48-50.  En este pasaje bíblico, el pueblo de Israel fue advertido que se portaba igual o peor que los habitantes de Sodoma, y por ser el pueblo escogido de Dios, no debía cometer pecados tan abominables.  Estos versículos describen una corta cronología de la decadencia de los ciudadanos de Sodoma, quienes vivían en un llano de riego y llegaron a ser extremadamente ociosos, saciados de pan, y egoistas debido a su prosperidad.  Finalmente “se llenaron de soberbia, e hicieron abominación” que es una referencia a los actos homosexuales y otras perversidades.  Por esta condición deplorable, Dios juzgó y destruyó la ciudad.  Sin lugar a dudas, los ciudadanos de Sodoma eran egoistas y absorbidos consigo mismos; pero la razón más clara de porque fue destruida por Dios es porque llegó a ser una cultura homosexual.

Sin embargo, los protagonistas que defienden la homosexualidad sostienen que la Biblia no condena los actos homosexuales.  Pero una lectura ligera de la Palabra de Dios manifestará que está condenada de pasta a pasta.  La Biblia condena los actos homosexuales con los términos más fuertes y los describe repugnantemente, como en Levítico 18:22:  “No te echarás con varón como con mujer; es ABOMINACIÓN”.  Levítico 18:22 y 20:13 prohiben enfáticamente los actos sexuales entre varones.  Romanos 1:26 prohibe actos sexuales entre mujeres, declarando que el lesbianismo “es contra naturaleza” y un abandono de lo natural.  El argumento que el ser humano nace ya con tendencias homosexuales es una mentira insostenible y totalmente en contra de la Palabra de Dios y los múltiples ejemplos de la naturaleza.  Romanos 1:27 también condena los actos sexuales entre varones por las mismas razones.  Primera a los corintios 6:9-11 es una advertencia contra el engaño que uno puede vivir en rebeldía abierta contra la ley de Dios y a la vez ser un cristiano en camino rumbo al cielo.  A los corintios, Pablo describe a los sodomitas precisa y plenamente referiéndose a ellos como “los que se echan con varones”.  En otra espístola del Nuevo Testamento, Pablo instruye al joven predicador, Timoteo, que el uso legítimo de la ley debe incluir el castigo de personas quienes cometen tales actos como el homicidio, perjurio, y sodomía (1Timoteo 1:8-11).  En el Nuevo Testamento, todas las referencias a la sodomía son traducidas de la palabra griega “arsenokoites” que siempre describe los actos homosexuales.  Hasta los tiempos más recientes, ninguno intentó sostener que la Biblia no condenara ni prohibiera la homosexualidad.  Tal vez sea porque uno tendría que jugar la parte de un necio para hacerlo (Romanos 1:22).

Considera brevemente unas de las excusas desesperadas que emplean para justificar la sodomía y otras perversidades sexuales.  Unos presumidamente pasan por alto todas las condenaciones bíblicas y prohibiciones de actos homosexuales con la excepción de aquellas del libro de Levítico en el cual son llamados “abominaciones”.  Y luego manifiestan que no importa si Dios llama los actos homosexuales una abominación porque también llama el comer lo que no tiene aletas ni escamas una “abominación”.  Tales personas ocultan la verdad que la prohibición de comer unas criaturas marinas era parte de la ley ceremonial del Antiguo Testamento que fue abolida por Dios cuando Cristo instituyó un pacto nuevo mediante el derramamiento de su sangre (Lucas 22:20).    También pudiera ser que ignoren el hecho que la palabra traducida “abominación” en el Antiguo Testamento se tradujo de seis palabras hebreas diferentes.  Al referirse a la ley ceremonial y la prohibición de comer ciertas criaturas marinas, “abominación” es traducida de la palabra hebrea “sheqets” la cual significa sucio.  De acuerdo con la ley ceremonial, los hebreos consideraban esas criaturas marinas como alimento inmundo.  Sin embargo, la palabra hebrea que describe los actos homosexuales es “toebah”.  El Diccionario Expositivo y Completo De Las Palabras Del Antiguo y Nuevo Testamentos de Vines (c. 1984) correctamente manifiesta que toebah “define algo o a alguien en esencia como peligroso, siniestro, y repulsivo…”  La Biblia nos declara que Dios juzga la sodomía como “toebah”.

Cuando se tratan de estos dos versículos en el libro de Levítico que condenan la sodomía entre varones, hay unos apologistas a favor de la homosexualidad quienes neciamente argumentan que estos versículos solo condenan “actos homosexuales de culto”, pero no los actos homosexuales nacidos de una relación amorosa.  Este argumento se acaba rápidamente a la luz del resto de la Biblia y también cuando tomamos en cuenta que las prohibiciones de Levítico contra la homosexualidad se encuentran entre otras prohibiciones de perversiones sexuales tal como la bestialidad y el incesto.  Si Dios solo condena “actos homosexuales de culto” (TR. “de culto” se refiere a los actos realizados en los cultos idolátricos) en los pasajes de Levítico, entonces tendríamos que concluir que únicamente condena “el sexo de culto con animales” y “el incesto de culto”.  Obviamente no existe una relación sexual legítima entre una persona y un animal ni entre padres e hijos ni hermanos carnales, tampoco existe una relación sexual legítima entre hombres o entre mujeres.  En su Palabra, Dios condena toda actividad sexual que no sea entre un hombre y una mujer legítimamente casados viviendo en el santo lazo del matrimonio.

Como ya vimos, la Palabra de Dios es clarísima y extremadamente fuerte en su condenación de la homosexualidad.  En Jueces 19:22 y también en 20:13, se hace referencia a los homosexuales como “hombres perversos”.  Según Dios, lo que es contra naturaleza es una perversión total, algo totalmente desagradable a Él.

Entonces es verdad que de Génesis a Apocalipsis, desde el principio hasta el fin, la Palabra de Dios condena la homosexualidad.  Esto no debe ser sorprendente ya que esta clase de actos es un repudio completo del orden creativo de Dios y representan una rebeldía flagrante contra el Creador y el Legislador del universo.  La homosexualidad es un desdén total de la sabiduría de Dios en su plan matrimonial y familiar, en la procreación de la raza humana, y en la búsqueda de la mayor felicidad del hombre.  La homosexualidad arruina indubitablemente la vida de quien la practique (Romanos 1:27-28; Gálatas 6:7).  También le conduce al juicio divino y destrucción vergonzosa a la nación que la tolere, la permita, y la apruebe (Proverbios 14:34).  Que no quede ninguna duda, Dios destruirá a toda nación que no censure y no castigue la homosexualidad y el lesbianismo.

En nuestra cultura hoy en día es una moda increíblemente popular el defender y promover la perversión sexual en nombre de la tolerancia y diversidad.  Sin embargo, la verdad es que Dios abomina tales perversidades sexuales y las juzgará severamente.  Los homosexuales no necesitan ni se les debe animar que continúen en su comportamiento pecaminoso y destructivo.  De acuerdo a las leyes de la naturaleza divina, los actos homosexuales deben ser castigados por la autoridad civil:  local, estatal y federal (1Timoteo 1:8-11; Romanos 13:4); porque el sostener la ley moral y aplicarla como debe ser es una manifestación del verdadero amor.  “Por cuanto no se ejecuta luego sentencia sobre la mala obra, el corazón de los hijos de los hombres está en ellos dispuesto para hacer el mal” (Eclesiastés 8:11).

Se les debe decir a los homosexuales, como a todos los pecadores, que están perdidos y yendo rumbo al infierno a menos que se arrepientan, crean en el Señor Jesucristo, y sean salvos (Romanos 10:9-13).  Los verdaderos cristianos debemos pararnos contra la nueva Sodoma que ahora existe en nuestro alrededor.  A la vez, debemos compartir el Evangelio con todos los pecadores orando que Dios haga renacer a un pueblo para su gloria, justificado por la fe en el Señor Jesús (Juan 1:12-13, 3:3-8; 1Corintios 6:9-11).

Ahora ya sabes lo que la Biblia dice acerca de la homosexualidad.  Por tu propio bienestar, espero que no intentes cambiar el significado de la Palabra inspirada ni tampoco añadir a ella.  “No añadas a sus palabras, para que no te reprenda, y seas hallado mentiroso” (Proverbios 30:6).

–escrito por Pastor Ralph Ovadal
–Traducido y editado por Berto Craft y Homero Crivelli

El Corazón Del Evangelio

La predicación del Evangelio es la proclamación de Cristo y su obra redentora para salvar pecadores.  El Evangelio ha sido diluido por algunas iglesias evangélicas y vergonzosamente dejado sin definir por otras.  Ofrecemos este tratado con oración ferviente para definir claramente el Evangelio Bíblico, para identificar las verdades principales del Evangelio, para esclarecer por quiénes murió Cristo, para demostrar que los pecadores son reconciliados con Dios solamente por la muerte de Cristo, y para urgir a todos los hombres que abracen sinceramente por fe lo que Cristo hizo para salvar a los pecadores.

El Evangelio Definido

La palabra “Evangelio” significa “buenas nuevas”.  El Evangelio abarca todo lo relacionado con la persona, vida y obra del Señor Jesucristo.  El evangelio es verdaderas buenas nuevas a los pecadores que han sido despertados espiritualmente y entienden su condición de estar muertos en delitos y pecados y justamente condenados bajo la santa ira de su Creador (Efesios 2:1; Juan 3:36).

Las Verdades Principales Del Evangelio

Las verdades centrales y principales del evangelio son la muerte y resurrección de Cristo.  Aunque el Evangelio abarca todo lo relacionado con Jesucristo, su enfoque principal es la muerte y resurrección de Cristo.  Estos dos aspectos de la vida y obra de Cristo conforman “El Corazón Del Evangelio”.  “Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis; por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano.  Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras” (1 Corintios 15:1-4).  La prueba indiscutible de la muerte de Cristo fue su sepultura (Mateo 12:39-40).  La prueba indiscutible de su resurrección fue su aparición a más de 500 testigos (Hechos 1:3).  El Apóstol Pablo en Romanos 4:25 manifiesta estos dos aspectos principales del Evangelio:  “El cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación”.

¿Por Quiénes Murió Cristo?

Era necesario que Jesucristo muriera tanto por su Padre para apaciguar1 su ira como por los pecadores para redimirlos2.  Por medio de su muerte, Cristo tuvo que apaciguar1 la ira del eternamente santo Dios y satisfacer perfectamente su justicia.  Para que Dios permaneciera justo en la redención2 de los injustos era necesario que Cristo muriese (Hechos 17:3).  Por medio de la muerte de Cristo, Dios fue habilitado para perdonar legítimamente al pecador creyente y arrepentido de todas sus ofensas sin que Él mismo se volviera injusto.  En este sentido Cristo murió por su Padre.

También Cristo murió para redimir2 a los pecadores de sus iniquidades y transgresiones.  El pecado separa al hombre de Dios.  Como el profeta Isaías proclama:  “Pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios” (Isaías 59:2).  Por esta razón los pecadores son extraños a Dios y necesitan ser reconciliados con Él.  Ya que ellos mismos son incapaces de reconciliarse con Dios, Jesucristo en su misericordia y gracia3 vino a pagar el precio del pecado por medio de su muerte y lo quitó de en medio una vez para siempre.  Por su muerte Cristo reconcilió a todos los creyentes verdaderos con su Creador.  “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23).  “Así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos…y se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado” (Hebreos 9:26-28).

Es de suma importancia que abraces la obra redentora2 de Cristo como tu única esperanza de vida eterna.  Debes creer y recibir el verdadero Evangelio de Cristo con todo tu corazón.  Es urgente que estudies estas verdades principales del Evangelio hasta que sean grabadas en tu corazón por el santo Espíritu de Dios, y que lleguen a ser la convicción, deleite y confianza de tu alma.

Los Pecadores Son Reconciliados Con Dios Por La Muerte De Cristo

EN EL CORAZÓN DEL EVANGELIO HALLAMOS QUE JESUCRISTO FUE EL ÚNICO SACRIFICIO ACEPTABLE.  El Señor Jesucristo fue el único sacrificio aceptable porque solo Él ha sido sin pecado y sin mancha.

Dios requería un sacrificio perfecto; por lo tanto, Él mismo tenía que ser hecho sacrificio para redimir2 a los pecadores.  Por esta razón, Dios se hizo carne en la persona de Jesucristo y fue hecho a nuestra semejanza.  El profeta Isaías declaró que Cristo “nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca” (Isaías 53:9).  El libro de Hebreos manifiesta que Cristo “fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Hebreos 4:15).  Más adelante, el mismo escritor aseguró:  “Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos” (Hebreos 7:26).  El apóstol Pedro proclamó:  “El cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca” (1 Pedro 2:22).  Y el apóstol Juan añadió:  “Y sabéis que Él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en Él” (1 Juan 3:5).  Solo Cristo fue perfecto y el único calificado para ser un sacrificio en lugar del pecador.

En el corazón del Evangelio, hallamos que Jesucristo fue un sacrificio voluntario.  Sin haber sido obligado a hacerlo, Dios dio a su Hijo voluntariamente.  De igual manera, Cristo se ofreció a sí mismo libremente en la cruz del Calvario.  Estos sacrificios voluntarios enfatizan dos cosas muy importantes:  la libre gracia3 de Dios y el amor de Dios.

La libre gracia3 de Dios es Dios otorgando voluntaria e incondicionalmente lo que el recipiente es indigno de recibir.  Dios habría sido totalmente justo si hubiera retenido su gracia3 y misericordia y haber dado a los pecadores la justa recompensa de su maldad y rebelión contra Él.  Como Dios dijo a Moisés:  “Tendré misericordia del que tendré misericordia, y seré clemente para con el que seré clemente” (Exodo 33:19).  La entrega voluntaria de su Hijo unigénito como sacrificio demuestra que Él es un Dios de libre gracia3 (1 Juan 4:10).

La voluntaria disposición de Cristo para ofrecer su cuerpo en humillación total en la cruenta cruz para redimir2 a los hombres viles, es también un testimonio convincente de que la salvación es enteramente por gracia3 divina y no conforme al mérito humano (Juan 1:13, 2 Timoteo 1:9).

El sacrificio voluntario del Padre y del Hijo también resaltan el amor de Dios. De su propia libre voluntad, Cristo se ofreció a sí mismo como un sacrificio sangriento. De su propia disposición, Cristo se sujetó a sí mismo a todos los actos más viles de los hombres perversos y, al mismo tiempo, a la santa e inmisericorde ira de Dios Padre en la cruz.  Jesús dijo: “Yo soy el buen Pastor; el buen Pastor su vida da por las ovejas” (Juan 10:11).  “Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar” (Juan 10:17).  “Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar” (Juan 10:18).

Como la más indiscutible prueba del verdadero amor, Cristo voluntariamente puso su vida por sus ovejas sobre la cruz del Calvario (Juan 15:13; 1 Juan 3:16).
En el corazón del Evangelio hallamos que Cristo fue un sacrificio sustitutivo4.  La muerte de Cristo fue hecha en lugar de un pueblo particular.  Cristo fue sustituto4 de un pueblo definido.  Jesucristo no murió generalmente por un pueblo indeterminado; sino que en lugar de esto, Él murió por un pueblo escogido por Dios.  El sacrificio sustitutivo4 y particular de Cristo está proféticamente revelado en el ministerio del sumo sacerdote del Antiguo Testamento.  Cada año en el día de expiación5, el sumo sacerdote derramaba la sangre del sacrificio animal y entraba en el Lugar Santísimo para aplicar la sangre en representación del pueblo de Israel para expiar5 simbólicamente sus pecados.

La naturaleza sustitutiva4 del ministerio intercesor6 de Cristo es claramente vista cuando entendemos a favor de quienes el sumo sacerdote cumplía sus deberes ministeriales.  Necesitamos entender que el sumo sacerdote simbolizaba al Señor Jesucristo quien sería nuestro Gran Sumo Sacerdote y quien haría un único y permanente sacrificio por medio de sí mismo (Hebreos 9:24-28).

El sumo sacerdote por mandato de Dios debía vestir un efod.  El efod era una vestimenta sagrada usada exclusivamente por el sumo sacerdote en la ejecución de su servicio en el tabernáculo.  Sobre los hombros del efod había dos hombreras que llevaban una piedra de ónice grabada con los nombres de las doce tribus de Israel–6 nombres sobre una hombrera y 6 nombres sobre la otra (Exodo 28:6-12).  Además el efod tenía un pectoral hecho de doce piedras preciosas. Cada piedra tenía grabado el nombre de una de las doce tribus de Israel (Éxodo 28:15-21).  Estos nombres específicos testificaban que el sumo sacerdote cumplía sus deberes sacerdotales substitutiva y únicamente a favor de estas doce tribus grabadas en las piedras de ónice sobre sus hombros y en el pectoral cercano a su corazón, y no por las demás naciones.

La obra mediadora del sumo sacerdote no fue en general sino en particular, a saber, a favor del pueblo de Israel y no a favor de los gentiles.  El sumo sacerdote no ejecutaba sus labores por quien él quisiera, sino solo por aquellos quienes Dios determinó, a saber el pueblo de Israel.  El Dios todo-sabio no solo escogió al sumo sacerdote, sino también escogió por quienes debía ser ofrecido el sacrificio expiatorio5 cada año en el día de la expiación5.  Los beneficiarios del sacrificio sangriento fueron determinados por Dios.  De igual manera, el Señor Jesucristo llevó a cabo su obra intercesora6 y redentora2 en la cruz del Calvario.  Su obra sustitutiva4 fue por un pueblo particular y determinado de antemano por Dios.  Debemos recordar que Jesucristo no vino para hacer su propia voluntad sino la de su Padre celestial.  Jesucristo no murió caprichosamente por quienes Él quisiera sino por los que el Padre escogió.
Además la naturaleza sustitutiva4 del sacrificio ofrecido por el sumo sacerdote el día de la expiación5 demuestra claramente su naturaleza particular.  Los israelitas presentaban dos carneros el día de la expiación5.  Uno de ellos moriría substitutivamente para declarar proféticamente el aspecto expiatorio5 de la muerte futura de Cristo.  El otro carnero, también llamado Azazel, representaba el segundo aspecto de la futura obra redentora2 de Cristo, que consistiría en la eliminación del pecado para siempre de la presencia de Dios.  De acuerdo con Levítico 16:16-34, ambos sacrificios, el expiatorio5 del primer carnero y la liberación en el desierto del otro, fueron substitutivos ya que fueron ofrecidos por “las impurezas de los hijos de Israel, de sus rebeliones y de todos sus pecados” (16:16), por “las inmundicias de los hijos de Israel” (16:19), por “las iniquidades de los hijos de Israel, todas sus rebeliones y todos sus pecados” (16:21), “por sí y por el pueblo” (16:24), “por vosotros y vuestros pecados delante de Jehová” (16:30), “por los sacerdotes y por todo el pueblo de la congregación” (16:33), y  “por todos los pecados de Israel” (16:34).

El carnero sacrificado y el Azazel liberado en el día de la expiación5 no fueron ofrecidos por el mundo de los gentiles; sino que fueron ofrecidos particularmente por el pueblo de Israel–por pecados particulares, por iniquidades particulares, por rebeliones particulares, por impurezas particulares y por inmundicias particulares.

Del mismo modo, la muerte de Cristo y su sacrificio redentor2 en la cruz no fue hecho por todos, sino por un pueblo definido y particular.  Cristo murió substitutivamente por todos aquellos quienes creerían verdaderamente en Él (Juan 3:16).  Cristo murió substitutivamente por todos aquellos quienes vendrían a Él (Juan 6:37-39).  Cristo murió substitutivamente por todas sus ovejas (Juan 10:11,14-15).  Cristo murió substitutivamente por su pueblo (Mateo 1:21; Isaías 53:6,8,11-12).  Cristo murió substitutivamente por sus hermanos (Hebreos 2:9-12,17).  Cristo murió substitutivamente por todos aquellos que el Padre le dio en el pacto de gracia3 desde la eternidad pasada (Hebreos 2:13-17; Juan 10:27-29, 17:2).  De una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo, Cristo pagó por y quitó todos los pecados de todo su pueblo en todo el mundo a través de todos los tiempos (Hebreos 10:10-14; 9:11-12; 7:23-28).

En el corazón del Evangelio hallamos que Jesucristo fue un sacrificio portador7 de pecadoS.  La satisfacción de la infinita santidad y justicia de Dios requirió que todos los pecados del pueblo escogido por Dios fueran expiados5 y castigados.  Por lo tanto fue necesario que Cristo tomara estos pecados en su cuerpo sobre la cruz (1 Pedro 2:24).  En la cruz Dios Padre cargó sobre Cristo todos los pecados de todas las personas por las cuales murió (Isaías 53:6-8).  Cada pecado tuvo que ser tratado.  Cada pecado tuvo que ser expiado5.  Cada pecado tuvo que ser castigado.  Cada pecado tuvo que ser juzgado.  Dios no podía pasar por alto ni un solo pecado del pueblo que salvaría.

Consecuentemente, sobre aquella dura cruz, Dios atribuyó a su Hijo todos los pecados de su pueblo.  Cada pensamiento perverso, toda idolatría y falsa adoración a Dios, cada palabra blasfema y nefanda, todos los motivos diabólicos autoglorificantes, cada plan siniestro y todos sus actos rebeldes y depravados fueron cargados sobre Cristo.  La Biblia declara que Cristo fue hecho pecado por su pueblo (2 Corintios 5:21; Romanos 8:3).  Sin ningún pecado o culpa, Cristo tomó sobre sí mismo nuestros dolores.  Él llevó nuestros pecados y rebeliones.  Él fue herido y molido, sí, fue castigado por nuestras transgresiones (Isaías 53:4-5).  Cristo fue el portador7 de pecados por su pueblo en la cruz del Calvario.

En el corazón del Evangelio hallamos que Jesucristo fue un sacrificio penal8.  Habiendo llevado el pecado de su pueblo fue absolutamente necesario que Cristo fuera el recipiente del juicio derramado por el Padre y molido por éste en la cruz.

Para que Dios salvara a los pecadores, demandó que el salario del pecado fuese completamente pagado.  ¿Cuál es la paga del pecado?  Según la Palabra de Dios es la  muerte (Gálatas 3:10; Romanos 6:23; Ezequiel 18:4,20; Deuteronomio 27:26).  Cada pecado, sea detestable o insignificante a los ojos del hombre, delante de Dios debe ser pagado y castigado con la muerte.  “Porque la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23).  “El alma que pecare, esa morirá” (Ezequiel 18:4).   Por esta razón, Cristo tuvo que sufrir y morir (Lucas 24:46).

La redención2 de los pecadores requirió que Cristo muriese en su lugar.  Cristo tuvo que hacer un pago para rescatar a su pueblo.  Cristo tuvo que satisfacer el castigo penal8 requerido y demandado por la ley de Dios (Gálatas 4:4-5).
Dios hizo a Jesucristo propiciación9 por nuestros pecados (Romanos 3:25; Juan 4:10).

Como una propiciación9, Cristo fue un sacrificio provisto y castigado por Dios.  La muerte de Cristo aplacó10 la justicia divina contra los pecadores.  El Padre vertió sobre su Hijo su enojo, furia, juicio y santa ira.  Cristo sufrió lo que los pecadores justamente merecían sufrir.
Cristo fue hecho maldición por su pueblo en la cruz.  “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero” (Gálatas 3:13).  Después que el enorme peso de los atroces y abominables pecados fue puesto sobre Él, Dios el Padre juzgó a su Hijo.  Su angustia y congoja fueron tan grandes que Él clamó desde la cruz:  “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Marcos 15:34).  Cristo fue hecho un sacrificio penal8, para satisfacer la perfecta justicia de Dios y, al mismo tiempo para expiar5 los pecados de su pueblo.

En el corazón del Evangelio hallamos que Jesucristo fue un sacrificio eficaz.  El sacrificio de Cristo fue eficaz. Por esto entendemos que Cristo cumplió definitivamente y sin falla todo lo que su Padre quiso. Cristo exitosamente acabó la obra que el Padre le dio que hiciera (Juan 17:4). Jesús declaró desde la cruz:  “¡Consumado es!” (Juan 19:30).  Él solo, sin ayuda, obtuvo salvación de una vez para siempre por aquellos que confían en Él (Hebreos 1:3; 9:12).

Es por medio de la obra consumada de Cristo que los hombres son salvados.  Las enseñanzas inspiradas del Nuevo Testamento declaran que la salvación es una obra consumada en la cruz del Calvario.  El creyente fue reconciliado con Dios por la muerte de su Hijo (Romanos 5:10; Efesios 2: 14-16).  Cristo hizo paz por medio de su sangre derramada en la cruz por aquellos que confían en Él (Colosenses 1:20).  Cristo libró al creyente del temor y el lazo de la muerte por su propia muerte en la cruz (Hebreos 2:14-15).  Cristo libró a todos aquellos que confían completamente en Él del presente siglo malo por su propia entrega por los pecados de ellos (Gálatas 1:4).  Los verdaderos creyentes fueron comprados por su sangre derramada en la cruz del Calvario (1 Corintios 6:20).

La eficacia de la muerte de Cristo es vista en las palabras de Jesús el Redentor: “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera.  Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Juan 6:37-39).  “Y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano.  Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre” (Juan 10:28-29).  “A los que me diste, yo los guardé, y ninguno de ellos se perdió, sino el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese” (Juan 17:12).
La eficacia de la muerte de Cristo en la cruz fue su cumplimiento perfecto de la voluntad de su Padre.  Habiendo redimido2 por sus sufrimientos a todos aquellos que el Padre le dio, Cristo los disfrutará como un galardón asegurado de su muerte agonizante (Isaías 53:11-12).  Cada uno por quien Cristo murió y cuyos pecados fueron expiados5 en la cruz será llamado en el debido tiempo por el Espíritu Santo y convertido por medio del arrepentimiento hacia Dios y fe en el Señor Jesucristo (Hechos 20:21).

En el corazón del Evangelio hallamos que Jesucristo fue un sacrificio aprobado.  ¿Fue aceptado por el Padre el sacrificio de Cristo?  ¿Fue satisfecho Dios con la sangrienta y aparentemente impotente muerte de su Hijo a manos de hombres crueles y perversos?  ¿Fueron todas las condiciones y demandas de la justicia de Dios completamente satisfechas por su muerte en la cruz?  La respuesta inequívoca y enfática es un rotundo “¡Sí!!”

¿Cómo podemos estar seguros y confiados de que Dios fue completamente satisfecho con el sacrificio de Cristo?  ¿No es verdad que muchísimas personas dudaron respecto a la persona de Cristo, su misión y plan de redención2?  Sin embargo al tercer día de su muerte (siendo éste el primero de la semana), Dios el Padre dio una clara, plena y pública aprobación de su total aceptación de lo que Cristo hizo en la cruz.  Dios aprobó el sacrificio de Cristo resucitándolo de entre los muertos de tal manera que nunca más estará sujeto a la muerte.  ¡La tumba vacía fue prueba suficiente de que su sacrificio fue aprobado!

Los santos del Nuevo Testamento entendieron la gloriosa realidad de la aprobación de Dios de la muerte de su Hijo.  Los apóstoles y las iglesias primitivas enseñaron que aquellos que están por medio de la fe en el Cristo resucitado, son igualmente aceptados ante Dios y admitidos a todos los privilegios eternos en su presencia (Hechos 2:22-36; 3:13-15; 1Pedro 2:21; Romanos 6:4-9).

Cristo fue declarado sacrificio aprobado no solo por su resurrección de los muertos, sino también por su ascensión al cielo para sentarse a la diestra de Dios Padre (Isaías 52:13).  ¡Su obra fue completa, exitosa y consumada!

Cristo y Su Evangelio Deben Ser Abrazados Solamente Por Fe

Jesucristo es el único sacrificio agradable y divinamente provisto para la salvación de los pecadores.  Si no vienes a Dios por Cristo y su Evangelio, nunca entrarás en el cielo.  Dios está completamente complacido con la obra de Cristo.  Nuestras obras son totalmente inútiles ante Él (Isaías 64:6).  Si pones tu confianza en cualquier otra cosa que no sea la obra consumada de Cristo, estarás perdido y condenado para siempre.

Mi amigo, Dios te aceptará únicamente en Jesucristo. Debes venir a Él con una convicción producida por el Espíritu Santo de tu propia pecaminosidad e indignidad ante Él.  Debes reconocer que eres digno de castigo eterno.  Debes estar convencido de tu extrema incapacidad de remediar tu condición ante Dios.  Dios, por medio de su Palabra, debe revelarte estas cosas y obrar en ti o estarás perdido.  Debes mirar a Cristo.  Por fe en su Palabra debes echarte sobre Él.  Debes depender de su gracia3 y misericordia.  Debes volverte de tus pecados de corazón y de todas tus confianzas vanas.  Debes abrazar a Cristo como el portador7 de tus pecados y sustituto4 en la cruz del Calvario.  Debes creer en el Señor Jesucristo crucificado y resucitado como tu única esperanza, tu única confianza, tu única justicia, y tu única aceptación ante Dios.  La promesa segura de Dios es que el que viene a Cristo solo por fe no será echado fuera (Juan 6:37).

–escrito por Hno. Berto Craft

Una Advertencia Urgente A Los Católicos Romanos

El sistema religioso-político conocido como la Iglesia Católica Romana empezó a evolucionar en el cuarto siglo.  Conforme pasaron los años, la Iglesia Católica Romana ejercía un poder creciente el cual no le fue concedido por Dios; y promulgaba cada día mas doctrinas no bíblicas, aun persiguiendo a quienes obedecieron tenazmente la Palabra de Dios.  Francamente, el Papa y sus subordinados han sido adversarios de la Palabra revelada de Dios, la Santa Biblia.  La Palabra de Dios y la palabra de la Iglesia Católica Romana dirigida por el Papa están directamente en contraste en muchos asuntos fundamentales, incluyendo—lo más importante—como se recibe el perdón del pecado y la salvación de Dios.  Es imposible que uno obedezca a ambas, a la Iglesia Católica y a la Biblia, tal como es imposible seguir al Papa y al Señor Jesucristo a la vez.  En el espacio limitado de este folleto, quisiera sacar a la luz algunas enseñanzas de la Iglesia Católica Romana que están en completo desacuerdo con la Palabra de Dios (Mateo 15:8-9).  Debido a las limitaciones no citaré directamente los documentos de la Iglesia Católica Romana que contienen las enseñanzas que trato, además simplemente citaré las referencias bíblicas.  Me supongo que los católicos saben donde se encuentran sus enseñanzas, o me contactarán para la documentación.  Yo deseo que cada uno lea las citas bíblicas referenciadas que son representativas de muchos versículos en cada caso.

Las reclamaciones católicas romanas concerniente al Papado y al apóstol Pedro son plenamente refutadas por la Palabra de Dios.  El Espíritu Santo, y no el Papa, es la voz de Dios a la conciencia de los hombres, convenciendo del pecado y confirmándoles la Palabra de Dios (Juan 14:26, 16:7-14; Efesios 6:17).  La Biblia en ninguna parte asigna a un hombre que sea la cabeza de la Iglesia, sino claramente declara que Cristo es la única cabeza de su Iglesia (Colosenses 1:18; Efesios 1:22-23, 5:23).

El apóstol Pedro nunca se declaró ni sintió que él era la cabeza de la iglesia, sino se llamó “un anciano” (1 Pedro 5:1-3).  Pedro nunca ha sido identificado en las Escrituras como el apóstol principal o “Papa”; en realidad, durante la era apostólica, otros apóstoles ejercían más autoridad que Pedro en varias circunstancias (Hechos 15:1-30).  ¡Además si el apóstol Pedro fuera el “Santo Padre” en Roma, entonces una lectura de la epístola del apóstol Pablo a los romanos implicaría que no tuvo mucho respeto por Pedro como la cabeza infalible de la Iglesia (Romanos 1:11-15; Gálatas 2:11-16)!  La Palabra de Dios manda rotundamente que ningún cristiano llame o se dirija a otro en el sentido espiritual o religioso como “padre”, mucho menos “Santo Padre” (Mateo 23:9).  A la luz de las reclamaciones católicas romanas acerca del primer Papa, parece extraño que solamente Santiago y Judas escribieron menos del Nuevo Testamento que el apóstol Pedro.  Hay una abundancia de otras evidencias bíblicas que muestran plenamente que la Iglesia Católica Romana está equivocada en absoluto cuando se refiere al papado.

Seguramente, la historia sangrienta y sórdida del papado es prueba también que el Papa no es el vicario infalible y santo de Cristo.  Varios Papas han sido fornicadores, homosexuales, y asesinos tal como lo reconocen los historiadores católicos.  Algunos Papas han excomulgado a sus predecesores y ejercitado un poder impío sobre los gobernadores civiles mientras ordenaban persecuciones brutales, incluyendo la matanza de los cristianos creyentes de las Escrituras como los valdenses.  ¿Cómo podrían ser tales hombres viciosos el “vicario de Cristo?”

Esta doctrina está erróneamente basada en un lenguaje figurativo que Jesús empleó para mostrarles a los judíos que Él descendió del cielo para dar vida eterna a sus almas tal como el maná descendió de los cielos para el sostén de la vida física de sus padres en el desierto (Juan 6:48-64).  El Señor Jesucristo es la vida esencial para la salvación del pecador.  Por su muerte, la entrega de su cuerpo y el derramamiento de su sangre, Cristo compró vida eterna para los pecadores que vengan a Él en arrepentimiento y fe confiando solamente en Él para la salvación de sus almas.  Cuando Cristo habló de comer su carne y beber su sangre, hablaba en el sentido espiritual, como dice en Juan 6:63.  Indudablemente todo aquel que está en Cristo recibe su alimento espiritual y gracia por Él y a través de Él. Cristo Jesús es el Pan de Vida por su pueblo.

Jesús también dijo que es “la Puerta” (Juan 10:9), y “la Luz” (Juan 12:46). La Biblia identifica a Jesús como un “Cordero” (Juan 1:29), y como una “Roca” (1 Corintios 10:4). Hay ocasiones en que en la Palabra de Dios se usa un lenguaje figurativo para enfatizar una verdad eterna. Esas ocasiones siempre son obvias, pero parece que al Papa, a los arzobispos y a los sacerdotes no les son tan obvias.

El Señor Jesucristo, “el primogénito entre muchos hermanos” (Romanos 8:29; Colosenses 1:18), para nuestro beneficio posee en el presente un cuerpo resucitado y glorificado (Filipenses 2:5-11; Juan 20:26-27) tal como sus seguidores un día lo poseerán (1 Corintios 15:35-58). Cristo está sentado a la diestra de Dios Padre (Romanos 8:34). El cuerpo de Cristo no puede ser dividido en miles de piezas todos los días por los sacerdotes católicos en todo el mundo en el rito de la misa. Además si Cristo hubiera mandado literalmente que comiéramos su carne y bebiéramos su sangre, nos hubiera mandado que practicáramos el canibalismo. Durante la institución de la Santa Cena con sus discípulos, Jesús estaba físicamente presente cuando Él les entregó el pan y el vino, diciendo:  “Esto es mi cuerpo…..y mi sangre…” (Lucas 22:17-20).  La mesa del Señor (la Santa Cena) es una ordenanza de la verdadera iglesia de Cristo que se celebra únicamente “en memoria” del sacrificio vicario de Cristo en la cruz del Calvario (Lucas 22:19; 1 Corintios 11:23-26).  A través de la misa, la Iglesia Católica Romana enseña a sus miembros la adoración literal de la hostia y que sus sacerdotes tienen el poder para cambiar los elementos físicos en el Hijo de Dios y luego sacrificarlo en sus altares.  ¡Mediante este rito, profesan sacrificar a Cristo repetidamente por el perdón del pecado!  Las Escrituras aclaran que la muerte del Señor Jesús en la cruz fue enteramente suficiente y completamente eficaz para la salvación de todo aquel que se arrepiente y cree en el Evangelio (Hebreos 7:27, 9:12, 9:26-28, 10:10; 1 Pedro 3:8).  Lo que el Señor Jesucristo ha mandado a sus seguidores que hagan “en memoria” de su muerte y su heredad de vida eterna por fe en Él (Lucas 22:19-20), la Iglesia Católica Romana lo ha convertido en un rito blasfemador que engaña a miles y a millones alejándolos de Cristo y de la verdadera salvación.  Ningún cristiano legítimo puede participar en ello (1 Corintios 10:20-22).

El Evangelio del Señor Jesucristo proclama que la salvación es solamente por la gracia de Dios, mediante la fe, en Cristo únicamente.  Esta es la verdad anunciada en toda la Palabra de Dios y afirmada por el Espíritu de la verdad en los corazones de todos los seguidores verdaderos de Cristo.  El promulgar que la salvación se obtiene por las obras de la ley o por cualquier combinación de obras humanas más la gracia divina es enseñar que Dios les debe a los pecadores la salvación en lugar de que sea un regalo gratuito de Dios (Romanos 4:1-8, 6:23, 5:15-19).  La salvación es toda de Dios y nada del hombre.  La salvación es totalmente de gracia y nada de obras humanas. “Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra” (Romanos 11:6).  “Nos salvó, no por obras que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo” (Tito 3:5).

La Iglesia Católica Romana enseña que la salvación es solamente posible a través de una vida de obras sacramentales y por el auxilio de sus sacerdotes.  Esta es una mentira blasfemadora que se burla de la eficacia, suficiencia y el poder omnipotente de la vida, muerte, resurrección y sacerdocio del Señor Jesucristo quien es capaz de “salvar perpetuamente a los que por Él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (Hebreos 7:25).  Los Papas y sus sacerdotes tuercen las Escrituras “para su propia perdición” justificando su evangelio falso de la gracia más obras y a la vez esclavizando a los pecadores a su reino religioso para que no entren en el reino de Dios (2 Pedro 3:16).  Por ejemplo, citan a Santiago capítulo 2 y enfatizan que Abraham fue justificado por fe y por obras.  Sin embargo, la Escritura debe ser traducida por la misma Escritura; ¡y el resto de las Escrituras atestigua que Abraham fue justificado por fe solamente!  Además la justificación mencionada por Santiago se debe entender en un sentido diferente. Por la inspiración del Espíritu Santo, Santiago está simplemente mostrando que una fe sin obras es una fe muerta y no la fe verdadera dada por Dios.  Después de que Abraham fue justificado delante de Dios por fe, sus obras demostraron a sus contemporáneos la veracidad de su fe.  Aunque las Escrituras enseñan repetidamente que todos los hombres están obligados a obedecer la santa ley de Dios y vivir una vida santa, es imposible justificar o salvarse por medio de la ley o por cualquier otra obra de obediencia; sino la salvación es solamente por la gracia de Dios mediante la fe (Romanos 3:20-28; Gálatas 2:16, 3:11; Efesios 2:8-9).  Es verdad que la salvación verdadera resultará en buenas obras, pero la salvación no es el resultado de las buenas obras humanas.  Los que enseñan que el hombre debe hacer ciertas obras para obtener la salvación o para mantenerla, sustituyen las obras corruptas de los hombres perversos y espiritualmente muertos por la sangre preciosa de Cristo y su justicia perfecta.  La Iglesia Católica Romana no puede ser la iglesia verdadera debido a que proclama un evangelio falso.  Asimismo, ¿cómo puede ser el Papa, un maestro falso y maldito, el vicario de Cristo (Gálatas 1:8-9)?

La Iglesia Católica Romana contradice la Palabra de Dios con estas reclamaciones y muchas más acerca de la madre terrenal de Jesús.  María era una mujer joven a quien Dios soberanamente escogió para que naciera el Mesías en este mundo.  María fue una virgen hasta después del nacimiento de Cristo, pero más tarde “conoció” íntimamente a José (Mateo 1:25).  En otras palabras, su matrimonio fue físicamente consumado después del nacimiento de Jesús.  ¡El decir lo contrario, es subirse al mismo barco de la fantasía de los homosexuales que dicen que los sodomitas que querían “conocer” a los dos invitados de Lot, significa solamente que querían familiarizarse y tener amistad con ellos! (Génesis 19:5)!  También es imposible ignorar la evidencia bíblica irrefutable que Jesús tuvo hermanos y hermanas carnales, algunos siendo nombrados en las Escrituras (Mateo 13:53-56; Marcos 6:1-3).  Sin lugar a dudas, María era una mujer pura y piadosa; sin embargo no era sin pecado y mucho menos una virgen perpetua.  María habló de “Dios mi Salvador” (Lucas 1:47).  ¡María, como todo ser humano, era de la raza caída de Adán y necesitaba al Salvador!  Las Escrituras dicen:  “Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23).  En ninguna parte de la Biblia se manifiesta que María era una excepción a esta regla, tal como no se manifiesta que ella fue ascendida al cielo.

No hay ninguna justificación en todas las Escrituras—en realidad al contrario—para rezar u orar a María como la Iglesia Católica Romana promueve.  ¡Para oír los rezos y oraciones de los millones de católicos romanos a través de todo el mundo, María tendría que ser omnipresente (estar en todo lugar a la vez) tal como es Dios!  Trágicamente la Iglesia Católica Romana ha convertido a aquella mujer humilde de los judíos en una diosa, aun llamándole con títulos blasfemos como “La Reina del Cielo” y “La Co-mediadora.”

Estos son algunos de los muchos ejemplos donde las doctrinas de la Iglesia Católica Romana están directamente en conflicto con la Palabra de Dios.  ¡Los católicos romanos tienen que decidir a quién hacerle caso, o al Papa o a la Palabra de Dios!  Lector católico romano, le suplico encarecidamente que considere todas las enseñanzas fundamentales en las cuales su religión e iglesia están en conflicto serio con la Palabra de Dios.  Los dos no pueden ser correctos.  No puede usted servir al Papa y al Señor Jesucristo a la vez.

Para gozar del perdón de sus pecados, ser salvo, y estar lleno de la bendita certidumbre de la salvación (Romanos 8:16), crea la Palabra de Dios en lugar del Papa.  Confiese sus pecados a Dios y no al sacerdote.  Clame al Señor Jesucristo para salvación en lugar de rezar a María y a los “santos” conforme a los ritos antiguos y paganos.  Luego siga en pos de Jesús y viva su vida de acuerdo a la santa Palabra de Dios en lugar de las enseñanzas corruptas de Roma.

–Pastor Ralph Ovadal